Podría entenderse esta novela como la delirante aventura de un personaje que, obsesionado por los principios básicos del budismo, no solo cree en vidas pasadas, sino que llega a convencerse de que él mismo es la reencarnación del Cid, lo cual le acarrea no pocas desventuras en esta sociedad tecnológica y pragmática.

Sin embargo su extravagancia puede enseñarnos a ver lo que normalmente no vemos,  y contemplar, por ejemplo, a las personas más desfavorecidas como fuente de aprendizaje.

Por otro lado, este relato lanza continuos guiños al pensamiento animalista, con la intención de ahondar en la sensibilización de la sociedad de cara al problema del sufrimiento animal.

No en vano se pretende hacer uso del humor como estrategia literaria para divulgar pensamientos de carácter ético-filosóficos, los cuales normalmente están inmersos en una retórica abstrusa y poco cercana al conjunto de la sociedad.