Todo comienza con un dolor de cabeza y Loreena Mc Kenitt. Un hombre descubre que todo lo que mete en su cajón desaparece. Un cliente se deja una oreja en la parte trasera de un taxi y empiezan a llover niños del cielo. Una estríper que se demora en exceso explicando con detalle las prendas que se va a quitar. Dos jóvenes, sentados cada uno en su malecón, con un océano de por medio, que comienzan a quedar todas las tardes. Unos adolescentes que para entretenerse matan la tarde siguiendo a un pobre. ¿Qué se mueve en una relación de pareja cuando aparece en su vida un tercero, un vibrador?

Desprende «Si te huele el pelo a gasolina» un tufillo, un telón de fondo a alienación, tanto, que en un principio se iba a titular «Cubículos», como ese lugar externo que nos atrapa, pero cuyos barrotes minuciosamente cada uno va labrándose a sí mismo.

Divididos en tres bloques que se corresponden con tres onomatopeyas: PFFFFFFFFF (primera parte), BUM-BUM-BUM (segunda parte) y OOOOOOH (tercera parte), los relatos se nutren de personajes neuróticos, fallidos, impotentes, inadaptados, estrambóticos, como si fueran seres irreales, mitológicos. Pero que existen, no están entre nosotros. Están en nosotros. Y que más que aspirar a una liberación o un alivio, lo más que pueden hacer es llevar con dignidad el bucle que les ha tocado vivir.