11 de septiembre 1973, Santiago de Chile, Ñuñoa, el amor golpea a Hernán en pleno estómago mientras su país es arrastrado por la violencia a un Día de los Muertos que se prolongará diecisiete años. Se convierte en clandestino, en prófugo de los suyos para ayudar a otros que lo han perdido todo, algunos incluso la vida, por las traiciones y emboscadas del hambre de este nuevo régimen.
Pero no se amilana, encuentra en Cuca, una madre herida, el fuego que le arrastra a la lucha. Muerde, patalea y golpea, todo es insuficiente para vivir esta nueva vida al límite, creyendo que cada minuto es el último, y por eso todos los segundos son tan valiosos.
Sin embargo, cuando cree que ha vencido al miedo y a la traición, olvida, incluso descansa en los brazos de un amor tranquilo que apacigua las ganas de combate. Pero la muerte siempre le ronda, le amenaza y, de nuevo, casi le gana.
Después de diecisiete terribles años de extrañamiento, cuando por fin la Catrina chilena abandona Santiago con las ropas empapadas por el Mapocho, Hernán volverá a la lucha apoyado en los flamantes puentes sobre el río copuchento reflejo patrimonial de la factoría Eiffel.
En realidad, retoma su vida donde la dejó suspendida.
En ese momento, sobre una tumba quizás otra vez vacía, baila una cueca, esta vez con su compañera de piel, mientras, a lo lejos, escucha los ecos sordos de todos los deudos del bar Quitapena.